lunes, 24 de noviembre de 2008

FEDERICO MOURA - ETERNAMENTE



aquel miércoles 21 de diciembre de 1988 en el que Federico Moura abandonó este mundo
para siempre. Dos décadas después de aquel lamentable suceso, parece adecuado reflexionar no sólo sobre el vocalista y líder natural de esa gran banda de La Plata llamada Virus sino también acerca del que, quizás, haya sido el mejor y más acabado frontman que haya tenido el rock argentino,
Pero, ¿por qué es tan grande el legado de Federico? ¿En qué aspectos marcó la diferencia y forjó un sello único y distintivo? Lo que lo ubicó (y aún lo ubica) un paso por delante del resto de sus colegas fue haber tenido y desarrollado a lo largo de toda su carrera, y como pocos en Argentina, una visión macro de la música y en especial del rock.
Desde que Federico se hizo cargo de la voz de Virus a principios de los ochentas, dejó bien en claro que – como también consideraba David Bowie - el rock no era (ni debe ser) solamente música, que tenía que estar en contacto y retroalimentarse con otras disciplinas del arte como la literatura, el cine, el teatro, la publicidad y la moda. Todo eso en su conjunto podía derivar en algo nuevo, distinto, dinámico y atractivo.
Sus conocimientos de arquitectura, de diseño de indumentaria y la posibilidad de haber viajado por diferentes lugares del mundo contribuyeron a que todas esas inquietudes e información que daban vuelta por su cabeza se cristalizaran en Virus. De ahí que actores (Lorenzo Quinteros, Jean Francois Casanovas), escenógrafos (Renata Schussheim), letristas (Roberto Jacoby) y artistas de otras áreas no necesariamente musicales colaboraron con la banda en sus primeras performances en vivo, las cuales llamaban mucho la atención por una puesta en escena casi teatral, asiduos cambios de vestuario y el magnetismo de su particular y glamoroso cantante.
Por supuesto que dentro de toda esa estética renovadora también estaba lo musical, lo cual sintonizaba más con lo que ocurría en el exterior (el punk y la new wave de grupos como The Clash, Dr. Feelgood, Blondie, Devo y Talking Heads, entre otros) que con la grandilocuencia y pomposidad del rock sinfónico y el virtuosismo del jazz rock que dominaba la escena local. Como suele ocurrir con todo lo nuevo, la irrupción de Virus en el rock argentino provocó una reacción adversa generalizada: gran parte del público que no comprendía (ni quería abrirse a comprender) le arrojaba frutas, verduras y demás objetos contundentes cuando solían asomar sus narices en algunos festivales.
Más cerrada aún resultó ser la postura de la prensa especializada que tildaba a su propuesta bailable y descontracturada de “liviana” y “plástica”, a su look de remeras sin mangas y pelo corto de “ridículo” y a sus letras de “frívolas”, cuando en realidad, si uno se detenía a leer entrelíneas, debajo de ese velo de ironía y metáforas se escondían ácidas críticas y cuestiones más profundas que las que solían enarbolar los denominados cantantes “comprometidos”.
Pero a quien solían “castigar” más era a su cantante por ser dueño de un registro vocal ambiguo y de ciertos movimientos amanerados. La cuestión era que Federico no inventaba un personaje en vivo, no adoptaba el papel de “raro” o de “fino” adrede para captar la atención ni se hacía el homosexual; Federico era homosexual y entonces actuaba como tal. Desplazarse en el escenario y en la vida cotidiana con esa honestidad brutal considerando los prejuicios y el machismo exacerbados latentes en aquella época era un ejercicio de sinceridad por demás extrema. Vale destacar que tanto Federico como Virus no se amilanaron ante semejante panorama. Al contrario, esto los fortaleció y les indicó que, molestando (que era sinónimo de generar una reacción), estaban en el camino correcto. Esa fortaleza, ese no claudicar ante tantos obstáculos probablemente sea otro de los pilares en donde se apoya el ejemplo que tanto Virus como Federico legaron a las nuevas generaciones.
A partir del álbum Agujero interior (1983) la banda tuvo mayor difusión y el número de seguidores creció. Las cosas fueron tomando mejor color con Relax (1984) y un año después alcanzaron la masividad, aquí y en Latinoamérica, gracias al éxito de Locura y a impecables hits como “Una luna de miel en la mano” y “Pronta entrega”.
El paso del tiempo y la posibilidad de comenzar a informarse y actualizarse en materia de rock se encargaron de demostrar que la propuesta de Virus era sólida y valedera. Ahora el público coreaba sus temas, la prensa – aún con reticencias – reconocía los logros del grupo e incluso grandes figuras del rock local, entre ellas Charly García, Luis Alberto Spinetta y Andrés Calamaro, vertían elogiosos comentarios respecto a la agrupación platense.
Cuando en 1987 la banda se encontraba en pleno proceso de grabación de Superficies de placer, Federico comenzó a evidenciar síntomas de que no estaba nada bien. En aquel momento no se conocía mucho acerca de la enfermedad pero tras hacerse un test supo que tenía HIV. A pesar de no estar en óptimas condiciones, no sólo culminó el disco sino que lo presentó en vivo con una enorme fuerza de voluntad. Su estado fue deteriorándose cada vez más, pero así y todo durante 1988 participó del armado de Tierra del fuego, el siguiente álbum en el que le pidió a su hermano Marcelo que se hiciera cargo de la voz y que continuaran adelante con la banda porque él ya no podía acompañarlos. Desafortunadamente, no pudo escuchar el álbum una vez terminado porque en la madrugada del miércoles 21 de diciembre de aquel año, Federico falleció en su casa a causa de un paro cardio respirartorio.
Pasaron unos cuantos años hasta que la nueva camada de músicos comenzó a evidenciar la notoria influencia que Federico y Virus habían ejercido sobre ellos. “Más vale tarde que nunca” reza el refrán y así sus hermanos Julio y Marcelo Moura y Daniel Sbarra, miembros originales del grupo que aún permanecen en actividad, continúan recibiendo premios, menciones importantes como la de ser declarados Ciudadanos Ilustres de La Plata y homenajes a través de distintos álbumes tributo, como el reciente Intimidó mi corazón, en el que artistas emergentes de Argentina y Chile (Pat Coria y Los Susceptibles, Juli Schulkin, Troy y Valerio Rinaldi entre otros) versionan de manera integra los tracks de Superficies de placer, el último álbum grabado por Federico.
Sería saludable que ante la proximidad de la fecha, el líder de Virus no sea recordado con tristeza o melancolía sino con emoción, la misma que generaba en el público cuando aparecía en el escenario para seducir con sus canciones.
Por eso, bailemos el “Wadu wadu” en su honor y tengámoslo presente no como músico y compositor sino como un creativo absoluto que nos enseñó que la música también entra por los ojos y que, con estilo y elegancia, es posible rockear. Gracias Federico. Nunca se te olvidará.FUENTES : http://www.popupmusic.com.ar/
/>Federico Moura no fue el primero en mostrar su costado femenino en escena, sino un pionero en entender que no existían en verdad un lado masculino y uno femenino, sino tantos como se quisiera.
Fue un prisma de múltiples caras angulosas reflejando la luz de un artista obsesivo con costumbres de artesano para la música, el rugby o la moda; un esteta adelantado que usó la Doctrina del Shock que, a veinte años del día en el que más pesaron sus párpados, utiliza la publicidad.
Lo mismo aplicó siendo la flor del creador que releyó a Joyce para “Luna de miel en mis manos”, o ese zancudo molesto que atacó los oídos desprevenidos, invitándolos a sacudirse con “Wadu wadu”. Podía ser un hada perversa o un Girondo new romantic; el hermano que no mide la fuerza del pelotazo; el compañero sobre el escenario y, de nuevo, el hermano que en esta ocasión reúne al resto para pedirle un favor, tal vez el último.
Los Moura eran de lo menos parecido a una familia disfuncional. Pico era un respetado abogado civil platense. Velia Oliva, docente y pianista. La casa estaba al 1514 de la calle 12 y era grande porque sus trabajos lo permitieron, pero sobre todo porque fueron ocho. El 23 de octubre de 1951, Federico se convirtió en el cuarto de los finalmente seis hermanos, especialmente delgado entre los otros tres varones y las dos mujeres. Su peso causó preocupaciones en el hogar, tantas como sonrisas hubo cuando encaró al piano de mamá, en los últimos meses del segundo gobierno de Perón, cuando su propia vida era más joven que un plan quinquenal.
La asunción de Frondizi fue el primer regreso a la democracia al que le puso música. Aquella vez, jugando en el salón de una casa tan grande como mansa, después de la práctica en el La Plata Rugby Club, donde los Moura jugaban de medio scrum. Luego de cada almuerzo, se separaban en parejas y practicaban en el patio, hasta la merienda. Una tarde, Federico pensó en armar una banda. Se olvidó de medir la fuerza del pelotazo y casi le rompe la cara a Marcelo. Jorge, el mayor, le pidió que no pateara fuerte. “No pateo fuerte, pateo rápido”, se excusó él, único zurdo, respondiendo así a su primera entrevista con un concepto lógico para su edad –diez años– pero que en perspectiva se muestra como una señal de claridad temprana para un artista integral que falleció a los 37 años, habiendo vivido más tiempo dentro de la música que en territorio argentino o en democracia.
Le encantaba aprender, pero lo aburría la escuela. Conseguía cada vez más información, seguía jugando rugby y salía con las chicas más lindas del barrio. Las presiones de esa viñeta de Familia Feliz, esos despertares amorosos y performáticos, y los debates por el concepto de Dulcemembriyo, que debía preocuparse por la puesta en escena tanto como por los temas, lo hicieron madurar. Se fue a tocar a Santa Cruz de la Sierra, una semana del Carnaval boliviano de 1972, e hizo cosas que nunca se sabrán.
Fue siempre reservado y pensante; pero salvaje e inconsciente, repleto de pares
conceptuales que lo hacían más todo: enérgico, curioso, inquieto. Compró un pasaje a Londres en barco, dejó por la mitad una carrera de Arquitectura y se fue a intentar sobrevivir. Cada bandeja que servía como mozo lo acercaba más a lo necesario para conocer Nueva York y Río de Janeiro. Cuando hubo visto suficientes lugares, modas, caras, instrumentos y cuerpos, volvió y consiguió el beneplácito de Pico para abrir Limbo, un local donde vender la ropa que diseñaba. Le iba bien, aunque la vanguardia textil tenía un público reducido. Pero lo administrativo lo aburrió.

Con el dinero que había ahorrado conoció París, volvió a Nueva York y a Río. Pero nunca estuvo tan lejos de casa como cuando se enteró de que Jorge había sido desaparecido por su trabajo en las villas platenses. Se le acumularon tantas palabras que cambió bajo por micrófono. Había vuelto con plata, abrió otro local de ropa en Buenos Aires, Manbo, y se mudó a Ayacucho y Peña. Iba a la casa-sala de ensayo los fines de semana, y se encontraba con mamá y papá viejos, sus hermanos grandes, su sobrina sola.
Julio y Marcelo tocaban guitarra y teclado en Marabunta. Federico y Daniel Sbarra, guitarrista y compañero de colegio, convocaron a Mario Sierra, otro de la primaria, para la batería de Las Violetas, que según Federico no funcionaría en la Argentina. Iba a ir de nuevo a Europa pero se reencontró con Río. El resto armó Duro, que cruzaba Police con Devo, Alice Cooper y The Clash, sonidos que llegaban en los regresos de Federico, como los términos raros, los proyectos nuevos y los peinados raros y nuevos.
Cuando Julio y Marcelo egresaron, viajaron a Estados Unidos con lo que ahorraron" atendiendo los locales de Federico, mientras escuchaban a Bowie y Lou Reed, y en otros trabajos. Compraron violas, grabadoras, micrófonos, bajo, consolas de cuatro canales y amplificadores. Grabaron las maquetas de “Wadu wadu” y “Rock es mi forma de ser” con Laura Gallegos en voces.
Pero Marcelo se dio cuenta de que la música de Duro era muy rápida para ella. Habló con Julio y fueron a Río con Pico, para que Federico viera los temas, pero no tenía cómo escuchar cassettes. Igual se sumó. Nunca tuvo preconceptos, hasta allí había probado lo que le vino en gana y eso no tenía por qué cambiar. En 1979 volvió a caminar las calles enmohecidas de San Telmo, silbando melodías que surgían en los primeros ensayos
Los Moura, Ricardo Sierra –hermano de Mario y reemplazante de Sbarra– y el bajista Enrique Mugetti decidieron que había material suficiente y que el debut de Virus debía ser el 11 de enero de 1981, para el vigésimo cumpleaños de Marcelo. Hasta los 30 de Federico, tocaron en carnavales en verano, teatros en invierno y el Festival Prima Rock en primavera. Tenían críticas de todos los tonos, pero para el segundo tema de sus shows ya todos bailaban o silbaban. La mitad menos amable no les preocupaba, y de hecho la preferían a una mitad adormilada. Federico entendió tempranamente de qué se trataba el rock: de provocar, de quebrar, de despabilar. Quería que fueran ese zancudo que picara en la oreja a un rock que no bailaba.
Lucía relajado, tan delgado como siempre y vestía cada vez más elegante, con su sentido de la elegancia, vacío de preconceptos. Esa libertad se multiplicaba progresivamente en otros que también querían algo distinto. Como rarezas del rarísimo Circo Criollo, sintieron etiquetas en la frente, leyeron reseñas que hablaban de lo raro de Federico, que luego de uno de sus viajes a Europa decidió que no era absoluto y que podía ser la flor.
Supo no exponer lo innecesario. Sus compañeros nunca lo vieron con nadie desde su vuelta de Europa. Ni en los ensayos para los shows en el Teatro Olimpia en 1982; ni cuando los hermanos Peyronel, de Riff, tan habituados a la virilidad de taller mecánico de Pappo, produjeron Agujero interior. A los Virus no les generaba problema lo que decían sobre ellos, desde que no hacía más que estar fuera de lugar. Subían al escenario y, ajustadísimos al riesgo de ser entendidos como una banda mecánica, seguían indefinibles cuando hicieron su primer Obras, en 1983. Antes del cuarto álbum, Federico produjo el debut de Soda Stereo y tocó teclado para ellos en el Astros.
Relax tuvo (tiene) la suavidad de lo que ha sido sofisticado y los destellos de las gemas que pueden seguir siendo pulidas. Porque en ellos –como queda mostrado en 30 años de carrera– y en Federico en particular –lo que jamás podrá saberse– siempre pareció que el actual era un punto altísimo, pero no el más alto. Locura fue una profecía autocumplida, pero en el Rock in Bali de 1987, Luca los presentó como la banda de los putos.
La mitología cuenta que Moura lo había apurado una vez, en una diagonal platense, y que el pelado se quedó mudo. Y la mística que incluye también a Miguel Abuelo, y que se los llevó a los tres en un año, los agrupa en una tríada de rockstars fallecidos jóvenes. Pusieron en alerta a todos. La tristeza de tres pérdidas fundacionales del rock argentino –sin obviar a Tanguito como primera, y a Alejandro De Michele, de Pastoral, como segunda– se entremezclaba con anotaciones mentales del tipo “hay que frenar un poco”. Ninguno de ellos cinco fue más un rockstar que un artista visionario.
Qué lejos quedaron la emoción de Virus vivo –otra lamentable profecía autocumplida– y la calidad de Superficies de placer cuando “el ambiente” se enteró de aquello que Federico les pidió a sus hermanos ocultar, no por traición de los Moura sino por la inescrupulosa noticia fresca. Hasta poco antes de morir, el 20 de diciembre de 1988, tuvo la obsesión de que podía desmarcarse de la enfermedad como se había deshecho del adhesivo de las etiquetas. Comió aunque no tuvo hambre e hizo el mayor esfuerzo creativo de su carrera: buscar una salida. Pasó diciembre en su casa, incómodo en cualquier posición que ocupara en la cama, luchando contra la crueldad de lo que, paradójicamente, era también su gran amor: Virus. Fue una pelea en paz, como un combate dialéctico entre lo que era y lo que iría a ser.
Antes de irse, dio a la banda y regaló para siempre lo más que pudo sumarle a un aporte que, ya a mediados de su carrera, era importantísimo. Veinte años después, el único registro no mediado que lo sobrevive es ese amor en el que Federico jamás dejó de pensar. Cuando necesitó paz para recordarse pateando “rápido, no fuerte”, teniendo el mismo peso que en sus últimos días, le pidió a Marcelo charlar en privado.
–Creo que vos sos el indicado para cantar y continuar esto. Estaría buenísimo que Virus siga y tenga una carrera larga.
–Federico, tengo todas las de perder. Van a empezar a fijarse en si me visto igual que vos, en si bailo igual que vos. No sé.
–¿Cuál es el problema, Marce? ¿Acaso yo no tuve todas las de perder durante toda nuestra carrera?.FUENTES :http://www.pagina12.com.ar/
A días de su show en el Chateau Rock 1987, Federico Moura, cantante de Virus, aún permanecía en Córdoba. Un buen día, paseaba frente a la galería Cinerama y fue interceptado por dos jóvenes que estaban por terminar la secundaria. Aceptó el ritual de autógrafo y hasta se permitió tomar un café con ellos. Se lo veía débil pero feliz, y celebraba el entusiasmo que despertaba su música en chaboncitos a los que doblaba en edad. Su gesto posterior al encuentro fue de satisfacción. Su sonrisa se advertía a medida que los cordobesitos se alejaban. Había logrado “inocular”, hacer fuerte la idea de que divertirse es fundamental, aunque nunca hay que tender al escapismo estúpido.
Todos los ciclos. Por entonces, Federico Moura ya había vivido todas las instancias posibles en el mundo del espectáculo. Había sido under, después reconocido y, al momento de la anécdota, una superestrella de un rock & pop nacional floreciente. Sin embargo, delgado y con unos Rayban anchos, pasaba desapercibido. Irónicamente, el ya había sido infectado con un virus mortal (HIV) que entorpeció planes artísticos y nos privó de su presencia física desde el 21 de diciembre de 1988.

Desde ese mismo momento, empezó a circular una idea que nunca se valoró mientras vivía: al frente de Virus, Federico venció prejuicios en nuestro rock. Fue punk cuando había que tocar bien. Bailó en escena cuando mandaba la solemnidad. Fue pop cuando el vocablo era sinónimo de fugacidad. Fue glamoroso aun cuando no provenía de una familia acomodada. Y fue crítico con la escena cuando esta tendía a morderse la cola. En suma, fue un artista con todas las letras.

Cuando la efeméride obliga revisar, viene bien recuperar un letra para entender a Federico. Viene bien reivindicar el texto de Sentirse bien, surgido de su propia pluma: “El cerebro hay que masajear / el placer genuino servirá. Después de todo no es / tan malo sentirse bien / te lo agradecerán los demás. Ya sé te quieren presionar / las culpas te confunden más. No debes permitirlo / no rompas tu equilibrio / defiende siempre bien tu lugar. Tus sensaciones dicen más / son espontáneas, de verdad / no las ahogues con frustración / son tu presente, tu color”.

Los jovencitos del café llegaron a adultos cumpliendo estos mandamientos. FUENTES : http://www.lavozdelinterior.com.ar/
FEDERICO MOURA - JEKEBOX DAILYMOTION UPLOAD BY VALERIA_SONIDOAZUL
FEDERICO MOURA - FOTO PICASA BY VALERIA_SONIDOAZUL